Superada la resaca de los oscar puedo decir que entiendo que esta película no se alzara con los máximos galardones. El film, dirigido por Paul Thomas Anderson, es un retrato de la América de finales del siglo XIX, y trata sobre la vida y milagros de Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis), un autodenominado empresario petrolero que adopta un niño con el único motivo de utilizarlo para proyectar una imagen familiar.
La historia empieza con un encadenado de escenas sin apenas diálogo en donde se nos muestra la ascensión del personaje a la vez que se nos sitúa en un entorno hostil e inóspito como lo era el lejano oeste en esos tiempos. Poco a poco y de forma elegante se introduce la historia con sus diferentes personajes. Descubrimos y entendemos sus motivaciones, y empezamos a sentir la tensión que emana de Daniel Day-Lewis.
Todo en la película está encaminado a reforzar esta tensión. A destacar dos cosas: la ambientación que hace que sintamos la rudeza del entorno; y el diseño sonoro que nos transmite de forma magistral el ritmo, la impetuosidad y la epicidad de la historia.
Entonces, en un momento dado, entra en escena el predicador Eli Sunday (Paul Dano). Un muchacho que tiene la meritoria habilidad de hipnotizar a sus feligreses con sus discursos. Éste es para mi el personaje más interesante y bien interpretado. Juntos, Daniel Day-Lewis y Paul Dano forman una dupla que nos deja varias escenas para el recuerdo y que consigue vertebrar la película mediante tres únicos momentos, sus tres enfrentamientos directos.
Por desgracia, y aquí empieza lo malo, esta relación solo conforma aproximadamente un tercio de la película, y el film empieza a perder interés cuando nos adentramos en la poco trabajada historia del hijo y el intrascendente capítulo del hermano. Es cierto que se trata de una adaptación (de la novela de homónimo título There will be blood) y que estos sucesos hacen avanzar la historia, pero también es cierto que Paul Thomas Anderson se pierde en planos innecesariamente largos y escenas con apenas diálogo. Y así, lo que podrían ser perfectamente dos horas, acaban convirtiéndose en tres… y un servidor de repente se da cuenta de que está sentado en un cine que le ha costado demasiado caro (7 euros me parecen un abuso) y eso es lo peor que te puede pasar en una película.
Quizás, una de las diferencias más claras entre la literatura y el séptimo arte es que en la primera no se requiere de un final redondo para dejar satisfecho al lector. Puede acabar bien o mal, o simplemente sin que se resuelva el conflicto. En cambio al tipo de cine que se ve en esta película le exigimos que acabe de una forma redonda; sino cerrada sí trascendente y parte del todo. Y ahí Paul Thomas Anderson no ha hecho ninguna concesión y nos muestra el momento más intenso del film en una suerte de prólogo. A mi modo de ver se equivoca, es demasiado tarde y carece de importancia para el espectador porque se desvincula de la narración que nos ha tenido en vilo durante tres horas. Ya no podemos estar implicados emocionalmente, hemos abandonado a los personajes.
A esta sensación le tenemos que añadir la apatía que, por merito o demérito de Daniel Day-Lewis, acaba provocando el protagonista. Y ya cuando entendemos el porqué del título en ingles (Aquí habrá sangre) nos parece de lo más intrascendente.
En definitiva, aunque un poco lenta, se trata de una buena película que podríamos enmarcar en este cine de descripción de personaje y entorno que últimamente ha dado tan buenos resultados en los oscar, a saber, Monster o Brokeback Mountain. Y como no podía ser de otra manera, el actor Daniel Day-Lewis se hizo con la estatuilla… y a mí me sabe mal porque uno de los iconos del cine independiente como Paul Thomas Anderson ha acabado haciendo cine comercial, bueno a la par que predecible. Yo le pongo un 7.

